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miércoles, abril 04, 2007

El principito


Después de muchos años, he vuelto a leer "El principito", de Antoine de Saint-Exupéry. Hay obras que, simplemente, son encantadoras. "El principito" es un cuento largo que, en formato de libro, ha superado todos los records de ventas desde su publicación en Francia en 1943. Mucha gente cree -sin duda por las pésimas adaptaciones cinematográficas de la obra- que es un cuento para niños. Todo lo contrario. Es un cuento para adultos que, a través de un personaje imposible -cándido e infantil pero a la vez muy culto-, toca los puntos básicos del humanismo. Un auténtico alimento para el espíritu.

martes, febrero 06, 2007

Pamuk y Estambul.



Cuando veo y recorro el mundo una idea me atormenta de manera cíclica. Esta idea tiene que ver con la relación entre acceso, belleza y productos culturales. La pregunta es la siguiente: De todas las creaciones intelectuales que se crean en el mundo, ¿de cuanta belleza contenida en las mismas no disfrutaremos jamás? Imagino que demasiadas. En el mundo, he visto pinturas increíbles en los mercados de Masaya -Nicaragua-, escuchado una música bellísima en Kiruna -la Laponia Sueca- y he disfrutado de una artesanía hermosa y desconocida en lugares tan dispares como Guatavita -Colombia- o Chianmai -Tailandia-. La India -Bollywood- posee la mayor industria de cine del mundo y apenas sabemos, ni disfrutamos nada, del cine indio. A veces, por casualidad, conocemos a alguna de sus estrellas mediaticas por su aparición en alguna cinta norteamericana (Como es el caso de la bellísima Aishwarya Rai en la muy recomendable "La joven de las especias"). No obstante son productos culturales que, de facto, nos están negados.
Con todo, la pintura o la música están escritos en códigos internacionales que permiten una comprensión, y una emoción, directa. Aunque en menor medida, ocurre también con el cine por la costumbre de subtitular en inglés; una lengua que parece una especie de código internacional. No obstante, no ocurre así con la literatura. Leer autores de países pequeños con lenguas de escaso peso internacional es una tarea prácticamente imposible. Es una belleza sustraida. Con todo a veces ocurre el milagro.
Este año le han dado el Premio Nobel de Literatura a uno de estos autores que escriben en lenguas minoritarias: El turco Orham Pamuk. Este suceso, al igual que ya ocurriera con el Nobel japonés Kezamburo Oé, ha hecho posible que alguna de sus obras sean publicadas en el mercado editorial español. Mondadori -que hace de cada edición un auténtico regalo de belleza a sus lectores- ha editado en España una de las obras más conocidas en Turquía del recién galardonado: "Estambul: Ciudad y recuerdos".
El libro es una autobiografía del autor pero también lo es de la ciudad de Estambul. Pamuk es capaz de trasladar al lector a las calles, a los olores y al contacto con una familia tradicional estambulí; la suya propia. Estambul es una de las ciudades más hermosas que conocí jamás y a la que sueño con volver. Este libro le hace justicia. Leerlo es como emprender un viaje maravilloso a la ciudad de su niñez y comprobar como la vida de la ciudad y la suya propia ha recorrido el mismo camino. Si algo tienen de bueno los premios literarios, en este caso el Nobel, es que nos entrega una belleza que de otro modo no hubiéramos disfrutado.

lunes, septiembre 18, 2006

Bolaños y la muerte.


Acabo de leer parte de la obra de Roberto Bolaños y me he preguntado por la muerte. El autor chileno murió sin publicar su obra maestra: 2666. Es un obra, sencillamente, magistral. Una novela que, en realidad, son cinco. Una pentalogía que son cinco novelas encajadas unas dentro de otras. Cinco novelas que se interrelacionan y forman una especie de todo unitario. He tardado casi un año en leerla pero no por hastío sino por dosificación del placer. La literatura de Bolaños es una literatura de degustación al estilo de las mejores obras de Borges. El propio volumen editado por Anagrama -un tocho de más de mil páginas- ya desicentiva cualquier literatura rápida, cualquier traslado del volumen. 2666 es un libro de bolsillo imposible. Por ello siempre he leido el libro en casa, siguiendo algo parecido a una liturgia. Un vaso de Amaretto en la mesa, un lápiz en mi mano, un Faber-Castell 0.5 que sencillamente adoro y, como música de fondo, el concierto de Aranjuez del Maestro Rodrigo o, en su defecto, alguna de las piezas de Roy Eldridge. Realmente lo he disfrutado.

No obstante, les hablaba de la muerte. Me acordé de ella porque 2666 es una obra póstuma. La muerte es lo única certeza que tenemos pero vivimos como si no existiera. Teniendo el convencimiento de ser mortales, vivimos como si no lo fuéramos. Me crié en un sociedad donde velar a los muertos forma parte de la cultura y donde acompañar en ese trance es una de las mayores formas de manifestar el afecto por los familiares del fallecido. Es algo que se agradece y se recuerda. Las familias, más de veinte años después, recuerdan a la perfección quienes acompañaron en esa ocasión a tal o cual familiar fallecido. De niño, pero fundamentalmente de adolescente y de adulto, he acudido a entierros, velatorios y funerales. Salvo en algunos supuestos en los que el muerto era tremendamente anciano -que no en todos- los familiares no podían creerse lo que les pasaba. La muerte siempre era algo que le ocurría a los demás o que veían en la televisión. Debía ser algo a lo que debiéramos prepararnos. La muerte como fin o como salvación. En cualquier caso, la muerte como descanso. Lo que ya es seguro, basta ver el mundo que nos rodea, es que el infierno está aquí.