viernes, febrero 18, 2011
viernes, febrero 11, 2011
Volando hacia España.
Hace tres horas y media que he despegado en un Airbus A-340/600 de Iberia, rumbo a Madrid. En algún punto del océano Atlántico escribo este post. A mi espalda, he dejado la ciudad de Bogotá. He abandonado sus cerros verdes, que son mi referente diario, y su altura, que la convierte en una ciudad que está 2600 metros más cerca de las estrellas, Atrás ha quedado el habla bogotana -o rola-, educada, pausada, alterada tan sólo por algún "triple hijueputa" -pronúnciese así, alargando preferiblemente la primera sílada- dicho por un taxista "emberracado" en algún "trancón" producido en hora punta. Y atrás queda la Facultad que siento mía, o que se identifica con lo que soy o lo que siento, más que ninguna otra. Y atrás queda también el Parque Simón Bolivar, que es tres veces mayor que el mítico Central Park de New York, y que pude ver al despegar, con su lago irregular y atractivo. Y atrás quedan las empanadas de yuca y "La Noche" de Claudia Gurisatti que, día a día, le echa la bronca -léase "regaña"- a la poca audiencia que a las doce de la noche está despierta en Bogotá. Y a tres horas y media dejamos los "domicilios", una costumbre que consiste en que todo, si uno lo pide, desde la carne hasta la ropa, te lo llevan a casa sin problema -léase "con mucho gusto" en buen colombiano-. Y atrás quedan también los saludos de un cuarto de hora, llevar el paraguas -una expresión rara que se aclara cuando se "carga la sombrilla"- y el almorzar a las doce de la mañana o el que, las 5:00 am, sea hora pico.
Ahora mismo, decía, estoy sobrevolando el océano Atlántico, rumbo a España. Muchos de los pasajeros son colombianos pero muchísimos, siendo mayoría, son españoles. Sentado en mi silla, junto a la puerta de emergencia, puedo escuchar sus acentos reconocibles. Sé quienes son gallegos, castellano leoneses o catalanes. Y caigo en la cuenta de que, tras un año y poco en Colombia, también puedo distinguir a los costeños de los paisas y a los chocuanos de los rolos. Formas de hablar, de expresarse, con acentos diferentes pero culturas similares.
En pocas horas, veré a mis padres, que es un motivo de gran alegría. Y regresaré a Salamanca, aunque sea sólo por un día, y daré clase y regresaré a mi casa. Y luego París. En diez días, cumplidos los compromisos docentes, regresaré a Bogotá. Y también regresaré a mi casa. Y en los dos sitios, en ocasiones, siento nostalgia del otro. Y aquí, en medio del océano, recuerdo algo que alguna vez nos contó Eduardo Galeano: al visitar Galicia, entraba a restaurantes y bares donde había mates, pieles de vaca, se escuchaba tango de fondo y había banderines del Boca Junior. Eran emigrantes retornados de la Argentina que, en realidad, no habían vuelto. Ambos, decía el uruguayo, tenían dos tierras y dos países y el corazón partido por la mitad.
Este año he estado, contando sólo América Latina, en Argentina, Uruguay, Brasil y Lima. En todos ellos encontré gentes con las mismas experiencias. Muchos de ellos, no tienen el corazón roto, simplemente, aman dos veces.
Ahora mismo, decía, estoy sobrevolando el océano Atlántico, rumbo a España. Muchos de los pasajeros son colombianos pero muchísimos, siendo mayoría, son españoles. Sentado en mi silla, junto a la puerta de emergencia, puedo escuchar sus acentos reconocibles. Sé quienes son gallegos, castellano leoneses o catalanes. Y caigo en la cuenta de que, tras un año y poco en Colombia, también puedo distinguir a los costeños de los paisas y a los chocuanos de los rolos. Formas de hablar, de expresarse, con acentos diferentes pero culturas similares.
En pocas horas, veré a mis padres, que es un motivo de gran alegría. Y regresaré a Salamanca, aunque sea sólo por un día, y daré clase y regresaré a mi casa. Y luego París. En diez días, cumplidos los compromisos docentes, regresaré a Bogotá. Y también regresaré a mi casa. Y en los dos sitios, en ocasiones, siento nostalgia del otro. Y aquí, en medio del océano, recuerdo algo que alguna vez nos contó Eduardo Galeano: al visitar Galicia, entraba a restaurantes y bares donde había mates, pieles de vaca, se escuchaba tango de fondo y había banderines del Boca Junior. Eran emigrantes retornados de la Argentina que, en realidad, no habían vuelto. Ambos, decía el uruguayo, tenían dos tierras y dos países y el corazón partido por la mitad.
Este año he estado, contando sólo América Latina, en Argentina, Uruguay, Brasil y Lima. En todos ellos encontré gentes con las mismas experiencias. Muchos de ellos, no tienen el corazón roto, simplemente, aman dos veces.
lunes, febrero 07, 2011
Feeling Advertisement
Some advertisements are a piece of art. Famous trademarks increase, day by day, their own good will. Trademarks right holders fight for keeping up their distinctive signs in the market and not only for distinguishing product and services but also for sending emotional messengers. Neither BMW sells car nor does Coca-cola sell a drink. BMW sells pleasure, the pleasure of driving and Coca-Cola is synonymous of good moments. When you here Coca-Cola, trademark right holders want you think in your happiest life moments. Why, because Coca-Cola is a “Coca-Cola and a Smile” “Coca-Cola for everyone”, etc. This is the last advertisement for Latin American Market. A clear example how feelings are used for creating –or developing- a trademark good will. Anyway, it’s great. Ahhh…the song is “Whatever” by Oasis.
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