lunes, mayo 18, 2009

Una trágica noticia.


En este mundo de insensibilidad, donde los espectadores, lectores, oyentes estamos anestesiados ante tanto sufrimiento, una noticia me clavó doce puñaladas en el corazón. Leía y no podía dar crédito a la noticia reflejada en la pantalla del ordenador. Navegué a las web de las radios uruguayas y no se hablaba de otra cosa: El maestro había muerto. A los ochenta y ocho años, D. Mario Benedetti se reencontraba con el creedor quien, con total seguridad, es admirador de los poemas del maestro. Al conocerlo, estoy seguro de que, con su timidez congénita, le dirá aquello que tantas veces pensó, "No sabía si existías pero estoy seguro de que no te importó mi duda". Se reencontrará con Luz, cuya vida se apagó hace ya tres años, llevándose parte del corazón del uruguayo universal. Ahora, mientras pasen despiertos toda la eternidad podrá repetirle lo que le decía en las noches de literatura que pasaron juntos: "Que buen insomnio si me desvelo sobre tu cuerpo".
Hace años, Facundo Cabral, contaba que le preguntó a su abuela, en el antiguo Buenos Aires, cómo supieron de la muerte de Gardel. "Sonaron las sirenas del puerto y supimos que algo terrible había pasado. Pronto supimos que D. Carlos había muerto en Medellín". ¿Y qué pensaste, abuela". "Carajo, ahora sí somos pobres de verdad". Al asumir la muerte de D. Mario siento la misma sensación de pérdida, sentimos la misma angustia. Benedetti se convirtió en un icono por su sensibilidad y porque, con su poesía y sus palabras llenas de magia, era capaz de expresar lo que sentimos millones de personas que no tenemos ese talento.
Tuve la oportunidad de conocerlo en Salamanca, en un recital en el Edificio Histórico de nuestra universidad. Nos leyó poemas a más cuarenta personas que nos reunimos para escucharle. Tenía el repertorio previsto, programado, pero las chicas que lo admiraban, lo idolatraban, le pedían en voz baja este poema o aquel otro. "Ustedes y nosotros", "Hagamos un trato", "Pasatiempo", "Rostro de Vos". En cada pausa, entre poema y poema, había una petición. Con su mirada tierna, su timidez patológica y su acento uruguayo campeaba el temporal: "Ese va dentro de un poquito" o "bueno, lo adelantaremos". Siempre tierno, siempre complaciente. Desde entonces, de manera imposible, siempre que leo su obra suena su hermosa habla uruguaya. Siempre nos quedará su obra pero él ya no estará más con nosotros. Y eso, se mire como se mire, redios, es una putada y una gran mierda.

domingo, mayo 17, 2009

Discurso de Gervasio Sánchez


Discurso pronunciado por Gervasio Sánchez (periodista y fotógrafo) durante la entrega de los premios Ortega y Gasset el 7 de mayo.

En el acto estaban presentes la Vicepresidenta del Gobierno, varias ministras y ministros, exministros del Partido Popular, la Presidenta de la Comunidad de Madrid, el Alcalde de Madrid, el Presidente del Senado y centenares de personas.

Estimados miembros del jurado, señoras y señores:

Es para mí un gran honor recibir el Premio Ortega y Gasset de Fotografía convocado por El País, diario donde publiqué mis fotos iniciáticas de América Latina en la década de los ochenta y mis mejores trabajos realizados en diferentes conflictos del mundo durante la década de los noventa, muy especialmente las fotografías que tomé durante el cerco de Sarajevo. ….

Quiero dar las gracias a los responsables de Heraldo de Aragón, del Magazine de La Vanguardia y la Cadena Ser por respetar siempre mi trabajo como periodista y permitir que los protagonistas de mis historias, tantas veces seres humanos extraviados en los desaguaderos de la historia, tengan un espacio donde llorar y gritar.

No quiero olvidar a las organizaciones humanitarias Intermon Oxfam, Manos Unidas y Médicos Sin Fronteras, la compañía DKV SEGUROS y a mi editor Leopoldo Blume por apoyarme sin fisuras en los últimos doce años y permitir que el proyecto Vidas Minadas al que pertenece la fotografía premiada tenga vida propia y un largo recorrido que puede durar décadas.

Señoras y señores, aunque sólo tengo un hijo natural, Diego Sánchez, puedo decir que como Martín Luther King, el gran soñador afroamericano asesinado hace 40 años, también tengo otros cuatro hijos víctimas de las minas antipersonas: la mozambiqueña Sofia Elface Fumo, a la que ustedes han conocido junto a su hija Alia en la imagen premiada, que concentra todo el dolor de las víctimas, pero también la belleza de la vida y, sobre todo, la incansable lucha por la supervivencia y la dignidad de las víctimas, el camboyano Sokheurm Man, el bosnio Adis Smajic y la pequeña colombiana Mónica Paola Ojeda, que se quedó ciega tras ser víctima de una explosión a los ocho años.

Sí, son mis cuatro hijos adoptivos a los que he visto al borde de la muerte, he visto llorar, gritar de dolor, crecer, enamorarse, tener hijos, llegar a la universidad. Les aseguro que no hay nada más bello en el mundo que ver a una víctima de la guerra perseguir la felicidad.

Es verdad que la guerra funde nuestras mentes y nos roba los sueños, como se dice en la película Cuentos de la luna pálida de Kenji Mizoguchi.

Es verdad que las armas que circulan por los campos de batalla suelen fabricarse en países desarrollados como el nuestro, que fue un gran exportador de minas en el pasado y que hoy dedica muy poco esfuerzo a la ayuda a las víctimas de la minas y al desminado.

Es verdad que todos los gobiernos españoles desde el inicio de la transición encabezados por los presidentes Adolfo Suarez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero permitieron y permiten las ventas de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas.

Es verdad que en la anterior legislatura se ha duplicado la venta de armas españolas al mismo tiempo que el presidente incidía en su mensaje contra la guerra y que hoy fabriquemos cuatro tipos distintos de bombas de racimo cuyo comportamiento en el terreno es similar al de las minas antipersonas.

Es verdad que me siento escandalizado cada vez que me topo con armas españolas en los olvidados campos de batalla del tercer mundo y que me avergüenzo de mis representantes políticos.

Pero como Martin Luther King me quiero negar a creer que el banco de la justicia está en quiebra, y como él, yo también tengo un sueño: que, por fin, un presidente de un gobierno español tenga las agallas suficientes para poner fin al silencioso mercadeo de armas que convierte a nuestro país, nos guste o no, en un exportador de la muerte.

Muchas gracias.