Me ha impresionado sobremanera la que se ha montado en Alemania por la decisión de la Deutsche Opera de suspender la reprentación de la obra "Idomeneo". Todo, y de manera profiláctica, para no ofender al islamismo radical el cual, por otro lado, no debería sentirse ofendido.
En este caso, resulta evidente que el desequilibrio entre la libertad de expresión y la libertad religiosa -ambos entendidos en sentido amplio- ha jugado de manera injustificable a favor del segundo.
Con todo, esta polémica me ha hecho recordar la ópera y el concepto de cultura. La ópera es un arte escénico maravilloso que requiere, no sólo grandes dotes interpretativos sino un gran técnica vocal. Y sin embargo, lo lamento hasta el extremo, me parece sencillamente insoportable. He visto unas cuantas, me he interesado por las historias y, sin embargo, y salvo algunos fragmentos muy específicos, no consigue emocionarme. Hace no mucho tiempo, en el corazón de Bogotá, el escritor Fernando Toledo, un erudito y apasionado de la ópera, se esforzaba en transmitirme la emoción que sentía ante alguna de sus obras favoritas. Le resultó imposible. Desde que se inventó el CD -le dije con ánimo de provocador- y se puede escuchar en calidad digital los framentos maravillosos de cinco minutos insertos en obras de cuatro horas, la ópera perdió su sentido. Al bueno de Fernando casi le da un infarto.
No obstante, no me emociona. No puedo evitarlo. Seguramente, algo muy bueno me estaré perdiendo.
jueves, septiembre 28, 2006
miércoles, septiembre 20, 2006
La imbecilidad
El otro día, mientras leía en la biblioteca de la USAL un artículo sobre la desmaterialización de los documentos representativos en el transporte marítimo internacional -podía haber estado leyendo cualquier otra memez de las que suelo leer pero en ese momento estaba leyendo esa- me día cuenta de que, en realidad, yo lo que quiero ser es imbécil y pesado. A ver si nos entendemos, no imbécil en el sentido etimológico de alguien que necesita apoyo -un báculo- de ahí la palabra, sino simplemente alguien con las luces justas para andar por el mundo -non plus ultra-.
Y lo cierto es que tengo vocación pero no capacidad. Esta es sin duda una tragedia personal. Nunca he sido una genialidad -un tipo medio en todos los sentidos- pero tampoco creo ser imbécil. Puedo hacerme el tonto pero soy tan sólo un vulgar imitador porque me doy cuenta. Soy consciente de la tontería que hago y, claro, así no se progresa. El sentido común -eso que como el buen gusto todos creen tener- me aflora sin quererlo y terminamos de fastidiarlo.
Pues como decía, en la biblioteca, al fondo del pasillo vi a un viejo conocido fotocopiando revistas. Es una buena persona con las ideas claras al estilo de esos hombres de cuarenta que creen que el mundo es sencillo. Desde que lo conozco -y no hace tantos años aunque me parece una eternidad- no hace otra cosa que fotocopiar artículos. No escribe. No estudia. Sólo fotocopia y ordena. Lo saludé y se alegró al verme. Me repitió cinco veces lo mismo con efusión y me contó una historia que no entendí. Nunca escribió una linea pero, en secreto, soñaba con escribir una monografía jurídica que jamás comenzará. No me dejó de resultar curioso. Se le veía contento, entusiasmado con lo que hacía. Yo, que con treinta ya cumplí su sueño, escribo sin ilusión. Es lo que tiene la ineptitud, que te mantiene a salvo. Lo dicho, la imbecilidad como forma de salvación, como último billete del tren a la felicidad.
Y lo cierto es que tengo vocación pero no capacidad. Esta es sin duda una tragedia personal. Nunca he sido una genialidad -un tipo medio en todos los sentidos- pero tampoco creo ser imbécil. Puedo hacerme el tonto pero soy tan sólo un vulgar imitador porque me doy cuenta. Soy consciente de la tontería que hago y, claro, así no se progresa. El sentido común -eso que como el buen gusto todos creen tener- me aflora sin quererlo y terminamos de fastidiarlo.
Pues como decía, en la biblioteca, al fondo del pasillo vi a un viejo conocido fotocopiando revistas. Es una buena persona con las ideas claras al estilo de esos hombres de cuarenta que creen que el mundo es sencillo. Desde que lo conozco -y no hace tantos años aunque me parece una eternidad- no hace otra cosa que fotocopiar artículos. No escribe. No estudia. Sólo fotocopia y ordena. Lo saludé y se alegró al verme. Me repitió cinco veces lo mismo con efusión y me contó una historia que no entendí. Nunca escribió una linea pero, en secreto, soñaba con escribir una monografía jurídica que jamás comenzará. No me dejó de resultar curioso. Se le veía contento, entusiasmado con lo que hacía. Yo, que con treinta ya cumplí su sueño, escribo sin ilusión. Es lo que tiene la ineptitud, que te mantiene a salvo. Lo dicho, la imbecilidad como forma de salvación, como último billete del tren a la felicidad.
lunes, septiembre 18, 2006
Bolaños y la muerte.

Acabo de leer parte de la obra de Roberto Bolaños y me he preguntado por la muerte. El autor chileno murió sin publicar su obra maestra: 2666. Es un obra, sencillamente, magistral. Una novela que, en realidad, son cinco. Una pentalogía que son cinco novelas encajadas unas dentro de otras. Cinco novelas que se interrelacionan y forman una especie de todo unitario. He tardado casi un año en leerla pero no por hastío sino por dosificación del placer. La literatura de Bolaños es una literatura de degustación al estilo de las mejores obras de Borges. El propio volumen editado por Anagrama -un tocho de más de mil páginas- ya desicentiva cualquier literatura rápida, cualquier traslado del volumen. 2666 es un libro de bolsillo imposible. Por ello siempre he leido el libro en casa, siguiendo algo parecido a una liturgia. Un vaso de Amaretto en la mesa, un lápiz en mi mano, un Faber-Castell 0.5 que sencillamente adoro y, como música de fondo, el concierto de Aranjuez del Maestro Rodrigo o, en su defecto, alguna de las piezas de Roy Eldridge. Realmente lo he disfrutado.
No obstante, les hablaba de la muerte. Me acordé de ella porque 2666 es una obra póstuma. La muerte es lo única certeza que tenemos pero vivimos como si no existiera. Teniendo el convencimiento de ser mortales, vivimos como si no lo fuéramos. Me crié en un sociedad donde velar a los muertos forma parte de la cultura y donde acompañar en ese trance es una de las mayores formas de manifestar el afecto por los familiares del fallecido. Es algo que se agradece y se recuerda. Las familias, más de veinte años después, recuerdan a la perfección quienes acompañaron en esa ocasión a tal o cual familiar fallecido. De niño, pero fundamentalmente de adolescente y de adulto, he acudido a entierros, velatorios y funerales. Salvo en algunos supuestos en los que el muerto era tremendamente anciano -que no en todos- los familiares no podían creerse lo que les pasaba. La muerte siempre era algo que le ocurría a los demás o que veían en la televisión. Debía ser algo a lo que debiéramos prepararnos. La muerte como fin o como salvación. En cualquier caso, la muerte como descanso. Lo que ya es seguro, basta ver el mundo que nos rodea, es que el infierno está aquí.
Una panorámica.
En noviembre de 2004 estuve en Islandia dando clase en la Universidad de Reyjkiavik. Fue una experiencia curiosa. Islandia es un país cubierto en gran parte por el hielo. De ahí su nombre (Iceland) -tierra de hielo-. No obstante, la parte que no está helada es muy verde y, sin duda, es uno de los paisajes naturales más hermosos que jamás vi. Hoy, rebuscando entre mis fotos, he montado esta panorámica hecha en el sur del país. Aún hoy me impresiona.
miércoles, septiembre 13, 2006
La duda
Desde Pirrón de Élide pasando por Descartes hasta llegar a nuestros días, la duda ha sido una constante en el espíritu del hombre. Las construcciones no sólo de los sistemas filosóficos sino también de las religiones han tratado de eliminar las dudas intrínsecas al hombre, desde la más esenciales, como el sentido de la vida o la búsqueda de la felicidad, hasta las más comunes como el sentido de nuestros actos. La consecuencia ha sido la construcción de un sistema de normas morales y códigos sociales que, a priori, no sólo parece ser aceptado de forma generalizada sino que, muchos de nosotros, hemos interiorizamos como resultado de nuestra educación moral.
Recuerdo cuando, de pequeño, oía hablar del valor de esfuerzo y del trabajo. Cuando se decía que, cuando en la vida se encontraban dos caminos, uno fácil y otro difícil, debiamos escoger el difícil porque el primero era tramposo. Que el esfuerzo tenía una recompensa. Diferentes amigos, me cuentan que, en su infancia, sus abuelas les decían que para poder disfrutar de algo, antes había que sufrirlo. Sin sufrirlo, no se disfrutaba igual.
Tengo fundadas sospechas de que la sociedad cambió pero estas normas y códigos no. A muchos de los que cumplen los viejos códigos, les va bien. Pero no a todos. No obstante, a muchos que no lo hacen, les va mejor. A nivel público basta encender una televisión para darse cuenta de esta realidad. En una época donde el pensamiento público no existe y las religiones se extinguieron, el camino a escoger ya no está tan claro. La duda se acentúa.
Recuerdo cuando, de pequeño, oía hablar del valor de esfuerzo y del trabajo. Cuando se decía que, cuando en la vida se encontraban dos caminos, uno fácil y otro difícil, debiamos escoger el difícil porque el primero era tramposo. Que el esfuerzo tenía una recompensa. Diferentes amigos, me cuentan que, en su infancia, sus abuelas les decían que para poder disfrutar de algo, antes había que sufrirlo. Sin sufrirlo, no se disfrutaba igual.
Tengo fundadas sospechas de que la sociedad cambió pero estas normas y códigos no. A muchos de los que cumplen los viejos códigos, les va bien. Pero no a todos. No obstante, a muchos que no lo hacen, les va mejor. A nivel público basta encender una televisión para darse cuenta de esta realidad. En una época donde el pensamiento público no existe y las religiones se extinguieron, el camino a escoger ya no está tan claro. La duda se acentúa.
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